Sentada entre el abundante y oscuro follaje y el ligero trino de algunos pájaros que aún revoloteaban a su alrededor, ajenos a las altas horas que acontecían, agitando sus delicadas y oscuras alas, oyó gragear a los cuervos hambrientos que rompieron la calma del crepúsculo y estremecieron su alma. Unos sonidos casi guturales que parecían marcar la entrada a las puertas del mismísimo infierno, dónde el maligno esperaba con ansia apoderarse de las oscuras almas que moraban en la Tierra alejados por pura comodidad y desgana de las palabras de Nuestro Señor.
Un escalofrío recorrió su cuerpo atravesando su espina dorsal, recordando las palabras con las que habían intentado adoctrinar su joven y aún puro espíritu, libre de pecado y maldad. El alma que solo los infantes poseen por gracia divina y que aún no ha tenido tiempo a ser corrompida.
Se recordaba feliz, agarrada de la mano de su madre o subida a hombros de su progenitor, donde siempre se había sentido segura y a salvo, un sentimiento contrario al que ahora la desbordaba.
Hacía tanto tiempo que había renegado y se había "olvidado" de su Dios que ya no creía que Él fuera a escuchar sus plegarias, no sólo por el miedo que ahora sentía sumida en su soledad, sino por la mugre que ya inundaba su pecho y oprimía su corazón hasta dejarla casi sin respiración. Sus emociones eran una escala de grises que tan sólo mostraba la basura que había ido almacenando en sus entrañas, fruto de las dañinas lecciones que había ido aprendiendo con cada bache con el que se había tropezado en su vida y por los que muchas veces se había caído de bruces sin casi fuerzas para levantarse..
Las lágrimas se deslizaban por su rostro sin poder hacer nada por evitarlo, se sentía tan confundida que ni siquiera era capaz de recordar las palabras con las que quería comenzar sus súplicas.
Anhelaba ser mejor de lo que era y evocó las palabras que un día una de sus profesoras le dijo: "para hablar con Dios sólo necesitas hablar desde lo más profundo del corazón, y entonces Él te escuchará".
Ese Dios bondadoso y libre de juicios volvía a brillar con plenitud en su corazón y decidió rendirse ante Él y dejarse abrazar por su infinita misericordia, aquella de la que antes se había desvinculado y la que ahora valoraba y anhelaba. Escuchó su voz dentro de sí, tranquilizadora, que le prometía no volverse a alejar de ella a pesar de su indiferencia, que le aseguraba protegerla siempre con su velo paternal e iluminar su camino para mostrarle el sendero de la verdad y las obras y sentimientos puros.
Ese Dios al que ella había llamado esa noche, demostró una vez más su gracia y su perdón por el mundo absurdo e hipócrita que la rodeaba y una vez más se proclamó rey de los cielos y de los corazones humanos que caían en la desgracia y la desesperación, para ofrecerles la paz y el descanso eterno a sus almas atormentadas.

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