Una vez más caminé sin sentido por las angostas y oscuras calles que formaban un laberinto en la pequeña ciudad, absorta en mi infinita soledad, con las manos metidas en mi viejo abrigo verde desgastado por el tiempo, pensando lo que podría haber sido de ti, de mí, de nosotros...
Recordando nuestras historias, nuestros secretos, aquellas palabras que ya sólo formarán parte del olvido.
Sin poder evitarlo una lágrima recorrió mi rostro, era la llamada de la desesperación que me invadía, la tristeza que poco a poco consumía mi alma, frágil, como una mota de polvo cósmico que flota en la inmensidad del vacío de nuestra existencia.
Alejada de Dios y del mundo recordaba el brillo de su mirada, tan limpia y serena como un mar en calma, las motas verdes que salpicaban de una forma tan curiosa sus iris en los que me había perdido una y otra vez únicamente acompañada por el silencio. Aquellos ojos habían iluminado mis días, incluso los más oscuros, y sin embargo ya no los volvería a ver, tan sólo me quedaba imaginarlos, dibujarlos en mi cabeza y tatuarmelos en el alma.
Ante la decadencia de mis pensamientos mi cabeza comenzó a dar vueltas y unas infinitas ganas se vomitar se apoderaron de mis entrañas. Decirle adiós fue lo más duro que he hecho en mi vida y pensar que jamás volvería a verle me producía un vértigo inexplicable, incluso con los pies bien aferrados al suelo.
Fue arrancado del mundo en su mejor momento, cuando más brillaba, lleno de planes y de vida, todo se apagó repentinamente y me dejó sola ante la adversidad de afrontar su ausencia.
Y así pasan los días, yo lejos de él y él ya, lejos de todo.









