miércoles, 5 de octubre de 2016

Apolo







Un escalofrío recorrió todo su cuerpo recordando aquella noche.

La luna había terminado contemplando sus cuerpos desnudos y ávidos de deseo. El contacto de sus pieles era suave pero electrizante y el sudor, que cubría con una fina capa sus cuerpos, se entremezclaba perfumando el ambiente de casi palpable lujuria y deseo. Sus dedos temblaban al rozar su torso claro y perfecto y sin embargo, él parecía tan seguro de sí mismo y de a lo que estaba jugando...

Se dejó llevar por el momento y sus sentimientos, ya no era su cabeza y su razón las que hablaban, ahora su corazón y su cuerpo habían tomado las riendas al igual que dos experimentadas amazonas cabalgando en ruta hasta Cilicia, buscando el éxito sobre sus batallas.

Había ansiado tanto ese momento que ni siquiera pensaba en cómo había llegado hasta ahí. Ella lo adoraba y al fin podía poseer su cuerpo, con eso se conformaba, pues creía no ser capaz nunca de poseer su alma.

Él, la besaba dulcemente, era tan sutil su contacto que a veces creía simplemente que Morfeo había vuelto a por ella sumiéndola en un trance de placer imaginario. Ella, se deshacía en su boca y disfrutaba del baile de sus lenguas ardientes al compás de sus latidos.

Admiraba su desnudez. Su cuerpo claro, esbelto y suave parecia tallado en alabastro, y creyó estar contemplando un ángel privado del milagro de sus alas, era tan bello que su imagen dañaba sus pupilas. Su pelo caía delicadamente sobre su nuca y ansiaba perder sus dedos en él y jugar con cada exquisito mechón como si de sedosas plumas se tratase.

Arqueaba su cuerpo para recibir plenamente a su Apolo, dueño indiscutible de todo su ser y se dejaba caer en un profundo abismo de placer inexplicable del que no quería volver a salir. Se rindió completamente a sus pasiones y a su devoción por él y el estallido de su vientre fue inigualable.

Se había convertido irremediablemente suya en cuerpo y alma.



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