Más allá del manto cobalto que cubre nuestras cabezas y de las rutilantes estrellas que iluminan nuestros caminos...
Se encuentra el alma del enamorado,
el mendigo de sus pasiones,
el loco amante de las profundas sensaciones que despiertan su espíritu.
Alejado de la fingida cordura que arrastran pesadamente otras almas perdidas, carga con su pluma a cualquier parte, lejos de la realidad que se descubre ante sus ojos pero que no profundiza en su endurecido corazón.
Sus palabras fluyen cual cascada, tras el
largo recorrido de un agitado y caudaloso río, liberando su opresión y sus secretos.
Convulsas, directas,
vehementes.
Y se encomienda al Dios al que un día le
prometió lealtad y devoción, para que sane las manchas de su oscurecida alma, abandonada a los vicios ocultos de su ser más primitivo.
Allí, en sus ojos café, fue dónde vio reflejada su misericordia por última vez, y allí quería quedarse para siempre.
Junto a su amada.
Susurrando poemas de amor a su oído, acariciando sus manos y jugando con su cabello.
Describiendo en su pequeño cuaderno cada huella que ella dejaba en su alma, así fueran delicadas caricias o doloridas cicatrices.
Ella era la luna que resplandecía tanto en sus noches que las convertía en interminables días, y ni el mismísimo sol se atrevería a compararse con el calor que ésta desprendía.
Lejos del mundo físico y de todos, su corazón volvía a latir apresuradamente...
por ella.

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