Veo a los niños felices, despreocupados, ajenos al dolor y a la maldad. Juegan al balón, corren, saltan, bajan por los toboganes confiados, cómo si al final les esperase un mundo nuevo y llaman a viva voz a sus padres para que les acompañen en sus andanzas. Sin embargo, ellos están demasiado ocupados en sus cervezas y en sus móviles, separados de la realidad, ensimismados en sus propios pensamientos . Ya no sabemos escuchar a los niños, hemos agotado nuestra paciencia y dejado de lado la comunicación. Ahora hablamos mucho por redes sociales, pero somos incapaces de crear lazos reales y sólidos a nuestro alrededor.
Un niño se ha caído y llora desconsolado por unos pequeños rasguños que se ha hecho en la rodilla izquierda, me acerco a él para intentar consolarle pero no sirve de nada, no me quiere ni me necesita, solo quiere a su mamá, que ríe en la terraza de un bar junto a sus otras amigas mientras se pasan unas a otras un teléfono, por lo que deduzco que debe haber una imagen graciosa que comparten. Ni siquiera se ha percatado del pequeño traspiés de su primogénito.
Mañana éste ya ni se acordará del percance, pero ahora para él esto es un mundo y su mamá no está ahí.
Añoro aquellos momentos, cuándo todo se curaba con un abrazo, un beso o unas simples palabras de mamá, cuándo olvidábamos con facilidad lo que nosotros entendíamos como grandes males, que desaparecían como un suspiro desvanecido en el viento.
Nos hacemos mayores, es inevitable, y no sólo envejecemos físicamente, también lo hacemos emocionalmente. Esos sentimientos puros se han convertido en otros menos sanos, menos limpios, más tóxicos.
Éramos tan felices y en este momento nos sentimos tan desdichados...
Y ahí nos encontramos ahora, con una botella en la mano, mirando cómo la vida pasa ante nosotros, cómo los niños se hacen grandes y cómo se corrompen sus benditas almas. Deseando que todo cambie pero sin hacer nada por intentarlo. Grabando en nuestras retinas las risas para algún día intentar compensar los llantos, rememorando instantes felices de nuestra infancia que ya sólo están ahí, en lo más profundo de nuestros recuerdos. Guardados en un baúl bajo llave para que nadie pueda arrebatárnoslos jamás.
Y ahí estamos ahora, comenzando a arrugarnos por fuera y a secarnos por dentro.

No hay comentarios:
Publicar un comentario