domingo, 11 de septiembre de 2016

El fin de los finales





Decidió cambiar de aires, de ciudad y de vida.

Decidió empezar de nuevo lejos de todo lo que le hacía tanto daño.

Cuando la noche anterior se metió entre las finas sábanas blancas, sintió una presión en el pecho que amenazaba con llevársela a lo más profundo de un agujero negro, dónde todo desaparecía y sólo quedaba la nada. Allí dónde la desesperación reinaba con majestuosidad ante todo y el resto de sentimientos solo alcanzaban a arrodillarse ante su grandeza.

Tras un sueño escaso e intermitente se levantó temprano, extasiada, alzó la persiana y observó al gigante que se levantaba ante ella, brillante, inmenso, cálido y lleno de vida, abrió la ventana y respiró con fuerza como si quisiera llenarse de la vitalidad que la rodeaba. Los pájaros trinaban mientras revoloteaban al rededor de las ramas del caduco árbol ya desnudo que se divisaba desde su posición y deseó ser uno de ellos, poder abrir sus alas y volar lejos de ahí.

Cogió su maleta repleta de esperanzas e ilusiones, pesaba mucho, pero era una carga que le agradaba soportar. Sabía que eso era todo lo que necesitaba para salir con la cabeza bien alta y enfrentarse a su destino. Ahora se sentía fuerte, no cómo anoche.

Se alejó con alguna lágrima brotando de sus ojos pero no titubeó, sabía que no debería hacerlo si quería renacer de sus cenizas, como el Ave Fénix. No se volvió ni un instante para mirar atrás, había entendido que si el sol había sido capaz de derrotar a la oscuridad y a las nubes una vez más, con tanta fuerza, ella también podría, o al menos, debería intentarlo.

Caminó con decisión hacia la estación, allí la esperaba un tren que la llevaría a un destino fijo, a su verdadero hogar, a la libertad.

Esas serian hoy sus alas.




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