Cada vez que cogía un bolígrafo entre sus dedos éste parecía cobrar vida propia.
Se deslizaba con suavidad sobre el desierto papel, mostrando sus pensamientos más profundos, reflejando sus temores y sus emociones, esas que ya no podía contener, que ardían en su interior y quemaban sus entrañas.
A veces se sentía demasiado expuesta, demasiado vulnerable, pero escribir aliviaba su alma y descongestionaba su oprimido corazón, incluso a riesgo de dejar que otras mentes juzgasen sus nobles intenciones.
Las palabras brotaban de su cabeza descontroladamente, sin ningún orden, sin ningún plan preconcebido, y quedaban plasmadas con la fuerza que irradiaba su alma, exteriorizando su verdad.
Algún día, alguien sabría valorar la carga emocional que sus manos derramaban a través de la tinta. Alguien sería capaz de comprender sus anhelos más ocultos y acompañarla en su camino hacia su propio descubrimiento, sin juzgarla, sin sentenciarla, únicamente acariciaría su pelo mientras ella y su bolígrafo se dejaban llevar y bailaban al compás de las notas que nacían de su corazón.
Pero, mientras el destino decidía a quién poner en su camino, su amor más puro sería su bolígrafo y su única verdad...
Sus palabras.

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