Todo el mundo llevamos una máscara para protegernos del mundo y para proteger al mundo de nosotros mismos.
Solemos estar tan pendientes de que esa máscara no se mueva y nos deje al descubierto, que olvidamos lo que hay escondido tras ella.
Tenemos miedo a mostrarnos al mundo tal cual somos, preferimos dar a los demás lo que se espera de nosotros y coartamos nuestra propia libertad.
Tenemos miedo a mostrarnos al mundo tal cual somos, preferimos dar a los demás lo que se espera de nosotros y coartamos nuestra propia libertad.
¡Que hipocresía! ¿Cuánto esperamos nosotros de los demás?
Sentada en la mesa de la esquina de aquel bar veía tras las cristaleras pasar la gente, personas ensimismadas en sus propias historias. También veia en la terraza un grupo de amigas que se divertían entre chismes y cotilleos, bebian cerveza y reían a carcajadas, pero ella sabía bien, que tras las falsas risas que dibujaban sus máscaras, también existían penas y llantos. Eso no la consolaba, de un tiempo a esta parte, incluso rodeada de gente, se sentía sola. Tal vez por eso, la soledad como tal, como el resto del mundo la entendía, para ella ya no existía. Comprendió que hay algo peor que no tener gente a su alredesor, y era tenerla y aún así, sentirse vacía.
Había tantas máscaras a su alrededor, que no conseguía ver más allá de ellas y la suya cada vez era más oscura y más opaca.
Antes, quizá, hubiese sido capaz de leer las miradas que se escondían tras los únicos agujeros que mostraban algo real en los rostros que habitaban junto a ella.
Sabía que ella tampoco podía abandonar su máscara, la que cubría sus flaquezas y debilidades.
La que ocultaba que, en realidad, ella también era un monstruo corrompido por el veneno que ahora se concentraba en este podrido mundo.

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