Esa noche todo fue muy diferente a como lo había sido hasta ahora, esa noche se encontraba pensativa, callada, ausente... Como aquel poema.
No intenté comprenderla, simplemente quería estar allí para ella, demostrarle que lo que ahora sentía era mucho más que antes, mucho más que algo efímero. Me miró, sonreí sin separar mis labios y con mi mano acaricié su rostro, suspiró. Me acerqué, posamos nuestras frentes y permanecimos así bastante tiempo, sin mencionar palabra. Cerré mis ojos.
Después de unos minutos unió sus labios a los míos, en un beso lento de aquellos que roban el alma por completo, no decíamos nada, nos dejamos llevar en el silencio de su nostalgia.
La desnudé lentamente entre besos, acariciando su piel desnuda y ella me desnudó palpando mi cuerpo.
Estábamos acostumbrados a tener sexo placentero.
La penetré con inmenso placer, mis manos subieron por su cintura, su pecho, luego más, llevándola a elevar sus brazos. Mis manos la acariciaron por completo hasta llegar a sus manos, entrelacé mis dedos con los suyos, besé su cuello, suspiraba profundamente y yo sentía cómo también disfrutaba.
Nuestros ojos cerrados, nuestras bocas y lenguas juntas, nuestras manos se sentían, nuestros sexos unidos en frenesí provocaban que nuestros cuerpos sudaran de una manera perfecta para el tacto de nuestras pieles, no nos detuvimos hasta explotar juntos de placer...
Esa noche llenamos nuestros cuerpos y nuestras almas.

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