Hay gente marcada por la vida desde pequeños. Los hay que han vivido siempre entre algodones, que su camino siempre ha sido recto e iluminado, tenían alguien que les llevaba de la mano cuando lo necesitaban y gracias a Dios nunca se perdieron. Sin embargo hay otros con el corazón lleno de cicatrices, que encontraron miles de piedras y no dejaron de tropezar, que daban vueltas y rodeos en la penumbra de su existencia y que no sólo se perdieron varias veces sino que alguna de ellas ni si quiera fueron capaces de volver a encontrarse.
Las primeras son esas a las que nunca les ha faltado nada, que recibieron más de lo que daban, que vivían y viven en la ignorancia del devastador mundo que les rodea, ajenos al sufrimiento de otros.
Las otras en cambio, a pesar de sus heridas y de haber visto la crudeza de la realidad son capaces de ponerse en pie incluso sin fuerzas. Quizá tampoco les faltó en su momento de nada, pero aprendieron a cultivar y a llenar su alma de otra forma, con sentimientos reales.
Las otras en cambio, a pesar de sus heridas y de haber visto la crudeza de la realidad son capaces de ponerse en pie incluso sin fuerzas. Quizá tampoco les faltó en su momento de nada, pero aprendieron a cultivar y a llenar su alma de otra forma, con sentimientos reales.
A veces es difícil aprender a entender y valorar a las personas por lo que son y no juzgarlas por su pasado o su presente, no porque no queramos que así sea, sino porque no es lo que hemos aprendido desde pequeños. Adoptamos una postura cómoda frente a la vida, pero no todas las circunstancias son las mismas, no todos somos iguales, ni somos capaces de afrontar las cosas de la misma manera.
Y a pesar de las diferencias , todos vivimos bajo el mismo cielo y sobre el mismo suelo y todos seremos juzgados de la misma manera, a las puertas del mismo final.
Porque no soy mejor o peor que tú, tan sólo soy diferente.

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